Txirikorda, un proyecto público-comunitario para ensayar otra forma de habitar y cuidar

En un momento en el que cada vez resulta más difícil acceder a lugares dignos, accesibles y sostenibles para desarrollar un proyecto de vida, Txirikorda aparece como una respuesta situada a una emergencia que no es solo habitacional. Es también social, relacional y comunitaria. Porque la pregunta de fondo no es solo dónde puede vivir una persona, sino qué condiciones necesita para hacerlo con autonomía, vínculo y cuidado.

En Usurbil, esta pregunta ha tomado forma en un espacio comunitario intergeneracional impulsado por el Ayuntamiento, pensado para jóvenes de entre 18 y 30 años con dificultades de emancipación y para personas mayores de 65 años autónomas que buscan un entorno más adecuado a sus necesidades vitales. Dos realidades distintas, pero conectadas por un mismo problema: el modelo actual no está respondiendo bien ni a los cambios de ciclo vital ni a las nuevas formas de convivencia.

Txirikorda cuenta con 16 apartamentos de titularidad municipal. Cada uno dispone de cocina, baño, sala de estar, habitación o habitaciones y terraza. Pero el edificio incorpora también espacios comunes: cocina-comedor, sala de estar, biblioteca, lavandería, almacenes, porche, terraza en la cubierta y una sala de usos múltiples abierta también a la vida del municipio. El diseño del edificio refleja que cada persona necesita intimidad, autonomía y un espacio propio, pero también relación, apoyo mutuo y pertenencia. 

De una necesidad compartida a un marco público-comunitario

Txirikorda no se entiende solo como una infraestructura. Su valor está también en el recorrido que lo hace posible. El origen del proyecto se sitúa en un proceso participativo desarrollado en 2019 en el que se identificaron dos necesidades que podían dialogar entre sí: facilitar la emancipación juvenil y ofrecer a las personas mayores una alternativa más adecuada, acompañada y vinculada al pueblo.

A partir de ahí, se puso en marcha un trabajo de colaboración entre ciudadanía, responsables políticos y personal técnico municipal. De ese camino surgieron tres piezas fundamentales: una ordenanza, una guía de acogida y un proyecto arquitectónico. Esta secuencia muestra que la colaboración público-comunitaria no consiste en que la administración ponga recursos y la ciudadanía los utilice. Implica reconocer una necesidad colectiva, construir un marco compartido y generar condiciones para que quienes forman parte del proyecto participen también en su funcionamiento.

El Ayuntamiento ha realizado una inversión aproximada de 2,4 millones de euros y ha contado con una subvención del Gobierno Vasco de 640.000 euros.  Lo público aporta titularidad, recursos, regulación, acompañamiento y legitimidad. Lo comunitario aporta uso, relación, organización, vínculo y vida cotidiana. Txirikorda ocurre precisamente en ese cruce.

Una comunidad que se construye desde dentro

La comunidad no aparece por el simple hecho de compartir pasillos. Por eso, antes de entrar, las personas residentes participaron en sesiones de conocimiento mutuo, formación y preparación. En ese recorrido se trabajaron expectativas, compromisos, usos de los espacios comunes, turnos, responsabilidades, normas internas y formas de tomar decisiones.

Como resultado, las personas residentes no son solo usuarias de un recurso municipal con unas reglas establecidas, son parte activa de un proyecto que necesita tiempo, presencia y compromiso. Esa dimensión comunitaria se ha formalizado también en la ordenanza municipal, que incorpora las normas de convivencia acordadas previamente. Ahí aparece uno de los elementos más valiosos de la experiencia: lo comunitario no queda en el terreno de la buena voluntad, sino que se reconoce, se estructura y se sostiene institucionalmente.

Vivir en Txirikorda implica también participar en la vida colectiva y asumir tareas compartidas. Además de la renta económica, calculada en función de los ingresos, cada residente dedica ocho horas mensuales al trabajo comunitario, gestionadas a través de un banco de tiempo. La comunidad se organiza mediante asambleas periódicas y grupos de trabajo, donde se toman decisiones, se abordan necesidades y se distribuyen responsabilidades.

Como explicaba una de las vecinas, “esta es una oportunidad enorme para emanciparse o para vivir la vejez de otra manera, pero exige comprender que en la base hay un compromiso comunitario”.

La mezcla generacional abre posibilidades especialmente valiosas. Las personas jóvenes encuentran una oportunidad para iniciar su propio camino. Txirikorda no plantea que unas personas cuiden y otras sean cuidadas. Propone una comunidad donde todas pueden aportar y todas pueden necesitar apoyo. Y en esa vocación de aportar, también se presenta como un agente activo en la vida pública del municipio. De este modo, lo que ocurre dentro del edificio se conecta con la vida comunitaria de Usurbil.

Una experiencia que amplía lo público

Uno de los aprendizajes más interesantes de Txirikorda es que los retos complejos no se resuelven desde compartimentos separados. Emancipación juvenil, envejecimiento, soledad, accesibilidad, cuidados y participación suelen abordarse desde políticas diferentes. Aquí, en cambio, se trenzan en una misma respuesta.

Esa trenza es también institucional y comunitaria. La administración no desaparece, pero tampoco lo ocupa todo. La comunidad no sustituye a lo público, pero sí adquiere un papel real en la vida del proyecto. Esa combinación permite imaginar nuevas formas de garantizar derechos, no solo desde la prestación de servicios, sino desde la creación de condiciones para convivir mejor.

En tiempos de emergencia de espacios vitales de convivencia, Txirikorda recuerda que habitar no significa únicamente ocupar un lugar. Y que, cuando lo público y lo comunitario se entrelazan pueden aparecer respuestas capaces de sostener la vida.

 

 

 

 

 

 

En un momento en el que cada vez resulta más difícil acceder a lugares dignos, accesibles y sostenibles para desarrollar un proyecto de vida, Txirikorda aparece como una respuesta situada a una emergencia que no es solo habitacional. Es también social, relacional y comunitaria. Porque la pregunta de fondo no es solo dónde puede vivir una persona, sino qué condiciones necesita para hacerlo con autonomía, vínculo y cuidado.

En Usurbil, esta pregunta ha tomado forma en un espacio comunitario intergeneracional impulsado por el Ayuntamiento, pensado para jóvenes de entre 18 y 30 años con dificultades de emancipación y para personas mayores de 65 años autónomas que buscan un entorno más adecuado a sus necesidades vitales. Dos realidades distintas, pero conectadas por un mismo problema: el modelo actual no está respondiendo bien ni a los cambios de ciclo vital ni a las nuevas formas de convivencia.

Txirikorda cuenta con 16 apartamentos de titularidad municipal. Cada uno dispone de cocina, baño, sala de estar, habitación o habitaciones y terraza. Pero el edificio incorpora también espacios comunes: cocina-comedor, sala de estar, biblioteca, lavandería, almacenes, porche, terraza en la cubierta y una sala de usos múltiples abierta también a la vida del municipio. El diseño del edificio refleja que cada persona necesita intimidad, autonomía y un espacio propio, pero también relación, apoyo mutuo y pertenencia. 

De una necesidad compartida a un marco público-comunitario

Txirikorda no se entiende solo como una infraestructura. Su valor está también en el recorrido que lo hace posible. El origen del proyecto se sitúa en un proceso participativo desarrollado en 2019 en el que se identificaron dos necesidades que podían dialogar entre sí: facilitar la emancipación juvenil y ofrecer a las personas mayores una alternativa más adecuada, acompañada y vinculada al pueblo.

A partir de ahí, se puso en marcha un trabajo de colaboración entre ciudadanía, responsables políticos y personal técnico municipal. De ese camino surgieron tres piezas fundamentales: una ordenanza, una guía de acogida y un proyecto arquitectónico. Esta secuencia muestra que la colaboración público-comunitaria no consiste en que la administración ponga recursos y la ciudadanía los utilice. Implica reconocer una necesidad colectiva, construir un marco compartido y generar condiciones para que quienes forman parte del proyecto participen también en su funcionamiento.

El Ayuntamiento ha realizado una inversión aproximada de 2,4 millones de euros y ha contado con una subvención del Gobierno Vasco de 640.000 euros.  Lo público aporta titularidad, recursos, regulación, acompañamiento y legitimidad. Lo comunitario aporta uso, relación, organización, vínculo y vida cotidiana. Txirikorda ocurre precisamente en ese cruce.

Una comunidad que se construye desde dentro

La comunidad no aparece por el simple hecho de compartir pasillos. Por eso, antes de entrar, las personas residentes participaron en sesiones de conocimiento mutuo, formación y preparación. En ese recorrido se trabajaron expectativas, compromisos, usos de los espacios comunes, turnos, responsabilidades, normas internas y formas de tomar decisiones.

Como resultado, las personas residentes no son solo usuarias de un recurso municipal con unas reglas establecidas, son parte activa de un proyecto que necesita tiempo, presencia y compromiso. Esa dimensión comunitaria se ha formalizado también en la ordenanza municipal, que incorpora las normas de convivencia acordadas previamente. Ahí aparece uno de los elementos más valiosos de la experiencia: lo comunitario no queda en el terreno de la buena voluntad, sino que se reconoce, se estructura y se sostiene institucionalmente.

Vivir en Txirikorda implica también participar en la vida colectiva y asumir tareas compartidas. Además de la renta económica, calculada en función de los ingresos, cada residente dedica ocho horas mensuales al trabajo comunitario, gestionadas a través de un banco de tiempo. La comunidad se organiza mediante asambleas periódicas y grupos de trabajo, donde se toman decisiones, se abordan necesidades y se distribuyen responsabilidades.

Como explicaba una de las vecinas, “esta es una oportunidad enorme para emanciparse o para vivir la vejez de otra manera, pero exige comprender que en la base hay un compromiso comunitario”.

La mezcla generacional abre posibilidades especialmente valiosas. Las personas jóvenes encuentran una oportunidad para iniciar su propio camino. Txirikorda no plantea que unas personas cuiden y otras sean cuidadas. Propone una comunidad donde todas pueden aportar y todas pueden necesitar apoyo. Y en esa vocación de aportar, también se presenta como un agente activo en la vida pública del municipio. De este modo, lo que ocurre dentro del edificio se conecta con la vida comunitaria de Usurbil.

Una experiencia que amplía lo público

Uno de los aprendizajes más interesantes de Txirikorda es que los retos complejos no se resuelven desde compartimentos separados. Emancipación juvenil, envejecimiento, soledad, accesibilidad, cuidados y participación suelen abordarse desde políticas diferentes. Aquí, en cambio, se trenzan en una misma respuesta.

Esa trenza es también institucional y comunitaria. La administración no desaparece, pero tampoco lo ocupa todo. La comunidad no sustituye a lo público, pero sí adquiere un papel real en la vida del proyecto. Esa combinación permite imaginar nuevas formas de garantizar derechos, no solo desde la prestación de servicios, sino desde la creación de condiciones para convivir mejor.

En tiempos de emergencia de espacios vitales de convivencia, Txirikorda recuerda que habitar no significa únicamente ocupar un lugar. Y que, cuando lo público y lo comunitario se entrelazan pueden aparecer respuestas capaces de sostener la vida.