Erkuden Aldaz
Trabajadora social y psicóloga de formación, su actividad laboral se ha centrado en el ámbito de los cuidados, tanto desde la intervención como desde la investigación. En la actualidad está inmersa en proyectos dirigidos a la transformación del actual modelo de cuidados hacia enfoques comunitarios y centrados en las personas, con especial atención a la construcción de municipios cuidadores.
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En los últimos años, “comunidad” y “cuidados” aparecen de la mano en una infinidad de marcos y estrategias. Hablamos de “cuidado comunitario”, de “comunidad cuidadora”, de “cuidar en la comunidad” y “con la comunidad”, sin tener muy claro a qué nos estamos refiriendo con cada una de ellas. En ocasiones, incluso, escondemos significados, matices, alcances diferentes al referirnos a la comunidad. También al hablar de cuidados.
La consideración social de lo que es un buen cuidado está transformándose paulatinamente. La mirada en el déficit y en la necesidad en torno a las actividades básicas e instrumentales de la vida diaria está sustituyéndose por un enfoque de buena vida donde las personas, además, tengan bienestar personal y puedan recibir apoyos personalizados para poder vivir de acuerdo aun proyecto de vida elegido y en comunidad.
La comunidad se percibe en numerosas ocasiones como una vía para sostener los cuidados sin otorgar, a esta, la importancia que merece desde el punto de vista de las personas. En la organización social de los cuidados, la comunidad no viene a sustituir la responsabilidad pública o el rol del mercado. Tampoco el de las familias que, pese a que no de la manera en la que lo han venido haciendo, quieren en su mayoría continuar cuidando. La comunidad viene a responder a una necesidad tan humana como el de pertenecer a ese contexto donde se genera la identidad colectiva, donde se forjan las relaciones de manera natural y donde podemos participar, contribuir y ejercer nuestros derechos de ciudadanía en igualdad de oportunidades que el resto de las personas. Sobra decir que queda un largo camino para lograr que todas las personas, sin excepción, puedan ejercer sus derechos de ciudadanía. Es la realidad para muchas de las personas que precisan de cuidados y apoyos en el día a día.
Nos encontramos dando pasos de una arraigada cultura asistencialista a una basada en los Derechos Humanos, donde todavía conviven estereotipos y falsas creencias en torno a las personas que precisan cuidados y apoyos. Nuestras comunidades no son para todas las personas y muchas personas viven alejadas de su comunidad. Nuestro sistema de cuidados sigue respondiendo, en demasiadas ocasiones, desde una lógica fragmentada, rígida, reactiva y centrada en la prestación de servicios. Las responsabilidades se distribuyen entre sistemas que no siempre se coordinan y esperamos que las personas y sus familias sean capaces de orientarse en un entramado institucional complejo. Es hora de cambiar de estrategia.
Los ecosistemas locales de cuidados han sido concebidos como respuesta a esta situación. En ellos, se trabaja en el plano individual, comunitario y desde la gobernanza, desarrollando acciones de prevención, intervención y evaluación,con el objetivo de generar las condiciones propicias para que todas las personas puedan llevar una buena vida en la comunidad. Esto supone trabajar de manera coordinada con los servicios sociales y sanitarios, con los servicios de cuidados, con todos los activos presentes en la comunidad y con la administración pública local y provincial, contando de manera constante con la participación de personas que precisan cuidados y con quienes las cuidan.
En estos ecosistemas, se orienta la toma de decisiones y las acciones a desarrollar desde principios acordados que ponen en el centro a las personas y a la comunidad. Dignidad, autonomía, participación, transversalidad o corresponsabilidad, son algunos de estos principios. Además, promueven una cierta tendencia a la descentralización, para promover una toma de decisiones cercana a las personas y organizar los cuidados y apoyos haciendo uso de todos los recursos existentes por cartera y de los recursos que se encuentran en la comunidad.
Como ya se ha mencionado, la comunidad adquiere una especial relevancia en la generación de municipios inclusivos y comprometidos con los cuidados. En ellos, las personas de la comunidad son, con independencia a su género o a su edad, corresponsables en los procesos de cuidado. Participan, de diversas formas, en el cuidado de las personas que conforman esa comunidad. También cuando la necesidad de apoyos es alta. Además, estos municipios incentivan y fortalecen de diversas formas la activación comunitaria. Promueven una gobernanza participativa, donde las personas que precisan cuidados tienen cabida e invierten en acciones diversas para trasformar valores y creencias que transformen a su vez comportamientos y conductas, promoviendo una cultura más coherente con los valores acordados.
Como se puede observar, esta aproximación requiere cambiar nuestra manera de entender los cuidados y la forma de gestionarlos. Exige una lógica botton-up (gestión de apoyos) y top-down (gobernanza participativa e inclusiva) siendo conscientes de que la sostenibilidad social de los cuidados dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad de gobernar pensando en todas las personas, de avanzar hacia una comunidad inclusiva que vea valor en la diversidad humana, de tejer alianzas y de generar formas de colaboración que sitúen a las personas en el centro.
Esta perspectiva presenta, por tanto, implicaciones para todas las personas en tanto en cuanto los cuidados son una condición humana universal. Todas hemos cuidado y hemos sido cuidadas, y lo seremos igualmente en un futuro más o menos cercano. Y a estas alturas, ninguna nos imaginamos otra vida que no sea una en la que cada una de nosotras elijamos cómo, dónde y con quien vivir. Una que nos permita mantener nuestros vínculos y en la que podamos participar de la comunidad y de actividades que son significativas para nosotras. Por eso, cuando hablamos del futuro de los cuidados, no sólo debemos preguntarnos qué recursos queremos crear, sino también qué tipo de comunidades queremos construir. Porque el futuro de los cuidados se juega en nuestra capacidad para reconocernos como corresponsables del bienestar colectivo, de reconstruir vínculos, de fortalecer la participación y de crear entornos donde cada persona pueda seguir viviendo con dignidad, propósito y conexión con los demás.
Y esa es una tarea que nos interpela a todas.
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